A veces no decimos lo que nos gustaría decir. Deseamos gritar algo a los cuatro vientos, pero no tenemos el suficiente valor para hacerlo.
Pero ese es el problema, que no nos arriesgamos, y quien no arriesga no gana.
Hay quien, después de mucho pensar, decide arriesgarse pero nunca encuentra el momento adecuado para hacerlo.
Esto nos deja en el mismo sitio que antes, o incluso peor, ya que llegara un día en el que ocurra algo que hará que ese porcentaje de que las cosas salieran bien se reduzcan a cero. Entonces no habrá momento ni malo, ni bueno, ni perfecto, simplemente no existirá. Y llegará el conocido sentimiento del arrepentimiento y pensaremos "Ojalá lo hubiese dicho cuando tuve ocasión". Pero ya no tiene solución.
Lo único que se puede hacer es aprender de tu error e intentar no volverlo a cometer.
